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Ninguno de nosotros vive para sí mismo ni muere para sí mismo. (Rom.14:7 DHH)

Pedro Pablo Sacristán nos cuenta de un poderoso rey que tenía tres hijos y se preguntaba cual de ellos debía sucederle en el trono. Por lo que decidió enviar a cada uno a gobernar un territorio de su reino durante cinco años, al término de los cuales deberían regresar a mostrar sus logros.

Los tres se marcharon muy contentos de poder ejercer como príncipes, pero al llegar a sus respectivos lugares se decepcionaron al encontrar sólo pequeñas villas con muy pocos habitantes y sin palacio.

Cada uno pensó que sus hermanos habrían recibido reinos mejores y se propusieron demostrarle a su padre que podrían ser grandes gobernantes. El mayor de ellos, reunió a los pocos habitantes y les enseño el arte de la guerra, conformo un pequeño ejército y conquisto las villas vecinas. El del medio, inicio con los aldeanos la construcción del mayor de los palacios y al cabo de cinco años habían levantado una hermosa estructura. El menor, decidió emprender una labor en beneficio de los aldeanos, proveyendoles agua potable, escuela, programas de salud, programas de agricultura, vida social sana, lo que convirtió a la aldea en un oasis de felicidad por la generosa conexión que construyo el príncipe con los aldeanos.

Los tres regresaron a su padre acompañados de los habitantes de sus villas. Los súbditos del mayor dijeron: nuestro rey es un hombre fuerte y poderoso, pero terrible, consiguió lo que se propuso a costa de nuestros sacrificios y sufrimientos. Los vasallos del segundo contaron como bajo el liderazgo duro y exigente de su príncipe, trabajaban en la mañana en el campo y en la tarde construyendo el magnífico palacio. Finalmente los habitantes al servicio del menor de los tres, medio avergonzados por lo que oían comparado por lo hecho por ellos, se limitaron a dar testimonio acerca del hombre que se había propuesto transformar sus vidas y lo había logrado. Y se dijeron, el debe ser nuestro rey para siempre.

A estas alturas surgió la pregunta: Cual de los príncipes está mejor preparado para ser el rey? Cuál debería ser el elegido? El rey llamo uno por uno a sus súbditos y le hizo una sola pregunta: "Si hubieras tenido que vivir estos cinco años en una de esas tres villas, cuál hubieras elegido? Todos, absolutamente todos mostraron preferencia por la villa del que se había interesado por las personas antes que por las cosas, por muy impresionados que estuvieran por las hazañas de los dos hermanos mayores. Así, el hermano menor fue coronado como el más grande de los reyes.

Amigos y amigas, esto nos muestra que la grandeza de los gobernantes se mide no por sus hazañas en cuanto a logros se refiere, no por el tamaño de sus palacios ni de sus reinos, sino por la atención, el afecto y el cariño que dan a sus pueblos, y a su gente.

Y, es que "ninguno de nosotros vive para sí mismo ni muere para sí mismo"
"Pues el que no vive para servir, no sirve para vivir".

Para qué sirves sin cabeza? Pregunto el alfiler a la aguja. De qué te sirve la cabeza si no tienes ojos? Dijo, la aguja muy airada. Y de que te sirve el ojo si tienes algo en el? Molesto, contesto el alfiler. Yo, con algo en mi ojo hago mucho más que tu, replico la aguja. Pero no haces nada útil si no llevas hilo, casi grita el alfiler.

La dueña del costurero, tomó la aguja y empezó a coser, pero rompiendose el ojo de la aguja, tomó el alfiler, le ató el hilo a la cabeza, pero le fue imposible dar puntada, y disgustada lo tiro junto con la aguja en el costurero. Aquí estamos de nuevo se dijeron suspirando, pero, sin servir, ya no debemos discutir.

Te gustaría emular a los dos hermanos mayores del relato, quienes planearon, organizaron, conquistaron y construyeron palacios con el propósito de establecer sus propios reinos? Si es así, te recuerdo lo que escribió Charles Swindoll: "Algún día, alguien tirara tus trofeos a la basura". Por lo tanto, tu actitud debe ser la del hermano menor, vivir en función de la gente y no en función de las cosas.

El apóstol Pablo expreso: "Si yo hablara lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como bronce que resuena, o címbalo que retiñe".
(1.Cor. 13:1).

Articulo Pastor Eliseo Bustamante
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